Published On: Fri, Mar 31st, 2017

La generación no. 7 y el destino quisqueyano

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La fundación de la Republica Dominicana, fue en 1844, al 2017, son 173 años, si lo dividimos entre 25, que son la cantidad de años que se tiene como referencia de duración de una generación, nos da 6.92, ósea que estamos ya, casi, en la época de la generación numero 7.

La genealogía nos da la versión científica más aceptada, que nos dice que por lo general se entiende que una generación abarca un lapso de 25 años, así que cada vez que transcurre ese lapso, estamos frente a una nueva generación.

Al llegar a la generación numero 7, por la trascendencia milenaria,  multicultural, y filo-teológica de este maravilloso número, estoy convencido de que es una señal que significa para los dominicanos;  “el anuncio de que se nos vienen encima situaciones extraordinarias,  que marcaran un cambio de rumbo en la existencia del pueblo dominicano”.

Para que tengan una idea de la trascendencia de este número, comparto sus significados. El siete  – como recopila Pedro P. Dollar- es un número misterioso y mágico. Muchos aspectos de la vida del hombre son regidos por este número.

Son siete días los que tiene la semana, los mismos que ocupó Dios para formar el mundo. Son siete los mares del planeta. Los hindús han descubierto siete chacras o puntos de energía en el cuerpo, siete maravillas del mundo, siete pecados capitales, siete calamidades. Dante describe siete infiernos, los metafísicos hablan de siete niveles de conciencia, el arco iris tiene siete colores, son siete las notas musicales, siete vidas tiene un gato y la serpiente de siete cabezas, entre otras muchas.

Según la doctrina pitagórica, el número 7,  es algo cualitativo que de antemano se halla presente en todo y no se trata de un continuo cuantitativo infinito: el uno, el dos, el tres, etc. no son cantidades, sino determinaciones entre los cuales existe un intervalo infinitamente divisible, una oposición en la cual –y sólo en ella- cada uno de los términos es lo que es.

Los esotéricos denominan al siete como número del destino. Este denota a alguien que está solo la mayoría del tiempo, pero a diferencia de otros, a estas personas les gusta la soledad, porque son soñadores y un poco filósofos. Este número concierne más al conocimiento y el desarrollo espiritual que con la parte material de la vida.

En la cultura judía el número siete desempeña un papel fundamental en la fonética y es el que domina el ciclo del año. Cada séptimo días es su Sabbat; el séptimo mes es sagrado; el séptimo año es un año sabático. El año del jubileo era determinado por el número siete, multiplicado por siete. La fiesta de los Ázimos (pan) duraba siete días, lo mismo la festividad de la Pascua judía. También se habla de los siete frutos de Israel, siete cielos, siete cámaras del paraíso; siete categorías de las almas judías, los siete pastores de Israel (Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Aarón, David y Salomón).

En la antigüedad se determinaba que las Curadoras debían cumplir ciertas condiciones. Ser la séptima hija de una séptima hija o el séptimo hijo de un séptimo hijo, se dice que daba poder de curar por medio del tacto. Se aceptaba el siete como el más sagrado de los números y los séptimos hijos poseían “doble vista” y el arte de ver el futuro.

Esta tradición se fue perdiendo con el tiempo, a medida que las familias dejaban de ser tan numerosas. Todavía en la época victoriana se usaba como tradición, en familias numerosas, que el séptimo hijo cursara la carrera de medicina. A estos hijos se les conocía como el Hijo Septimus.

Lo curioso de esto es que estas concepciones míticas del siete también la encontramos en otras culturas precolombinas de América Latina. Entre los aztecas siempre aparece el número siete, número también sagrado para estas civilizaciones, contándose el Templo Siete Mazorcas, relacionado con el Maíz, alimento principal en estos pueblos.

Mucho de la magia o encanto por el siete, probablemente deviene por el interés que despertó en los primeros hombres los fenómenos del cielo. Su curiosidad les permitió observar desde la tierra, los ciclos repetitivos de los objetos celestes. Esta observación del movimiento de los planetas fue una herramienta ideal para la medición del paso del tiempo. Así pudieron determinar los meses y los días.

Sin embargo, parece ser que la observación del cielo fue la que fijó la duración de las semanas. Y es que son siete los cuerpos celestes –visibles a simple vista- fácilmente identificables por describir movimientos diferentes a las estrellas. Estos cuerpos, también llamados Vagabundos, son: el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno. Es por ello que sus nombres guardan relación con los días de la semana. Domingo, dedicado al sol, proviene del latín dies solis, día del sol. Lunes; dies lunae, día de la Luna. Martes; dies martis, día de Marte. Miércoles; dies mercurii, día de Mercurio. Jueves; dies jovis, día de Júpiter. Viernes; dies veneris, día de Venus. Sábado; dies saturni, día de Saturno.

Existen muchos otros misterios y mitos alrededor del número siete. Las Siete Trompetas que anuncian el juicio de Dios sobre Roma, las Siete Copas de la Ira, así como las Siete Plagas Postreras que anuncian el Apocalipsis, son entre otras, parte de la gracia, misterio, encanto, magia o fascinación que ejerce este número en nuestras vidas y, tal vez sean coincidencias o parte de los misterios de la humanidad.

Para terminar, el número siete en su conjunto expresa la universalidad, equilibrio perfecto y representa un ciclo terminado y dinámico. Considerado desde la antigüedad un símbolo mágico y religioso de la perfección, porque estaba vinculado a la consecución del ciclo lunar.

En Babilonia se celebraban los días de cada mes múltiplo de siete. Este número fue considerado un símbolo de santidad por los pitagóricos. Los griegos lo llamaban venerable, Platón: anima mundi.

Para los egipcios simbolizaba la vida. El número siete representa el perfeccionamiento de la naturaleza humana, cuando se une el divino ternario con el cuaternario terrestre. Estando formado por la Unión de la tríada con la tétrada, indica la plenitud de lo que es perfecto, la naturaleza dual física y espiritual, humana y divina. Es el centro invisible, espíritu y el alma de cada cosa. El siete es el número de la pirámide formada por el triángulo (3), y el cuadrado (4). Entonces el siete es la expresión privilegiada de la mediación entre humanos y divinos.
Por: Milton Olivo

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